Mientras nuestro cerebro sea un arcano, el Universo, reflejo de su estructura, será también un misterio
(Santiago Ramón y Cajal)


1 de agosto de 2008

Las secuelas de las emociones infantiles

Desde el punto de vista científico no hay duda de que los malos tratos sufridos en la infancia dejan unas secuelas que, en gran medida, son irreparables. Hay que tener en cuenta que los primeros años de la vida de una persona son fundamentales en su desarrollo cerebral, es una época decisiva a la hora de moldear el cerebro y por esto, contrariamente a lo que se venía diciendo hasta la década de los noventa del siglo XX, el maltrato en los primeros años de la vida deja unas alteraciones bioquímicas y neurobiológicas que afectan de forma negativa su funcionamiento. Antes se pensaba que las dificultades en los ámbitos emocionales y sociales de los niños maltratados eran de raíz psicológica: los problemas emocionales sufridos por los niños y adolescentes generaban mecanismos psicológicos internos que, en la edad adulta se manifestaban de manera autodestructiva; también se consideraba la hipótesis de que un niño maltratado era una persona con un desarrollo psicosocial alterado. En cualquiera de los casos, según las sospechas de esa década, estos problemas podían ser arreglados mediante una terapia de superación.
Hoy sabemos que el maltrato infantil afecta al sistema límbico y, muy especialmente, a dos regiones fundamentales: la amígdala y el hipocampo.
Una autoridad como Martín H. Teicher, profesor de Psiquiatría en Harvard escribe: “Las secuelas del abuso sufrido en la infancia pueden manifestarse a cualquier edad y de modos diversos. Interiormente aparecen en forma de depresión, ansiedad, pensamientos suicidas o estrés postraumático; también se exteriorizan a través de la agresividad, impulsividad, delincuencia, hiperactividad o abuso de drogas. Una de las perturbaciones psiquiátricas más desconcertantes, muy asociada al maltrato en la edad infantil, es el trastorno de la personalidad esquizoide”.

25 de julio de 2008

La emoción de Genie

En 1958, en Los Ángeles (California) nació Genie. Poco antes de cumplir los dos años y hasta casi los catorce estuvo, ininterrumpidamente, encerrada en una habitación y lo que es peor, sus degenerados padres la mantuvieron atada a una silla la mayor parte de esos doce años. Cuando hacía algo que le molestaba, su padre le pegaba. Nunca habló con ella.
Ningún vecino se dio cuenta de su existencia. En 1970 la madre decidió escapar con la niña que casi no podía mantenerse en pie. El padre fue condenado a prisión (y se suicidó), la madre desapareció y Genie fue internada en un hospital infantil.
En 1977, Curtis contó al mundo científico la historia de Genie. El día de su liberación tenía el aspecto de una niña de siete años y sus niveles hormonales estaban considerablemente alterados; llamaban la atención las cantidades anormalmente bajas de la hormona de crecimiento (GH), que se recuperaron rápidamente en cuanto que Genie fue liberada de su estresante situación. Además, nunca habló más que unas pocas palabras, ni aprendió a hacerlo.
El crecimiento escaso de la niña era, obviamente, el resultado del déficit de la hormona que estimula el alargamiento de los huesos, producido, evidentemente, por una situación muy estresante: probablemente los estímulos de estrés afectaron al hipotálamo que dejó de producir la hormona liberadora de la hormona de crecimiento, que estimula a la hipófisis y, consiguientemente, hubo una escasa producción de GH.
Por ello, la alteración del crecimiento debida a factores sociales y psicológicos que afectan a las funciones hormonales que intervienen en aquél se ha denominado desde entonces enanismo psicosocial.
El escritor Russ Rymer escribió sobre el caso, tres libros: Genie: A Scientific Tragedy, Genie: An Abused Child’s Flight from Silence y Genie: Escape from a Silent Chilhood. También se hizo una película en 2001 llamada Mockingbird Don't Sing dirigida por Harry Bromley Davenport.

21 de julio de 2008

El estrés y la masculinidad

Los estudios realizados con papiones, en la década de los noventa del siglo XX, pusieron en evidencia unos interesantes mecanismos hormonales vinculados al estrés. Cuando estos monos están en reposo, el hipotálamo segrega una hormona (hormona liberadora de la hormona luteínica) que hace que la hipófisis segregue la hormona luteínica (LH), que provoca la liberación de testosterona de los testículos. De manera similar, el hipotálamo segrega el factor liberador de corticotropina, que hace que la hipófisis libere corticotropina, que provoca que la corteza suprarrenal libere cortisol.
Sin embargo, los individuos que ocupan un lugar inferior en la estructura jerárquica de estos monos, cuando están sometidos a estrés, liberan una sustancia de estructura química parecida a la morfina, y que por ello se denomina beta-endorfina. Esta “droga natural” bloquea la liberación de la hormona liberadora de la hormona luteínica y, consecuentemente, la secreción de la hormona luteínica y de la testosterona. De manera similar, liberan una gran cantidad de cortisol como consecuencia de las reacciones en cascada citadas antes. Además, la subida de cortisol debido al estrés afecta negativamente a la producción de la testosterona testicular. Parece claro que la fisiología del organismo se dirige, en este caso, en el sentido de una menor producción de hormona masculina y, por tanto, se orienta hacia una menor agresividad y una mayor sumisión.
Por otra parte, en los machos dominantes la producción de cortisol es menor y, aunque también se produce beta-endorfina, con las mismas consecuencias que antes, se ha encontrado que, paradójicamente, en los testículos la secreción de testosterona aumenta porque estas gónadas se vuelven “menos sensibles” al cortisol y porque aumenta el flujo sanguíneo a los testículos; de esta manera se compensa, en parte, la menor cantidad de hormona luteínica. Es decir, en los jefes de la manada el funcionamiento general del organismo mantiene, por procesos bastante diferentes, la concentración sanguínea de testosterona, responsable fundamental de la agresividad.
En resumen, en estos animales, el estrés reduce la producción de testosterona en los machos dominados y casi no la modifica en los dominantes. ¿Tiene esto algún significado biológico? Es probable que proporcione a los dominantes una cierta ventaja en relación con la supervivencia, en la medida que esta hormona hace que la glucosa llegue más fácilmente a los músculos.

15 de julio de 2008

La emoción de los paracaidistas

En condiciones naturales, la situación estresante más generalmente utilizada es la del entrenamiento militar de los paracaidistas. Una de las primeras aportaciones en este sentido fue un trabajo de psicobiología del estrés de Ursin, Baade y Levine y que data de 1978. Estos científicos estudiaron los cambios psicológicos y fisiológicos que se producían durante el entrenamiento en paracaidismo de unos reclutas del ejército noruego. Tomaron muestras de sangre y orina de los soldados antes del entrenamiento y conforme éste avanzaba.
El entrenamiento simulaba la caída libre del paracaidista: se debían mover a lo largo de un cable inclinado, con el que estaban unidos mediante un gancho, desde una altura de 12 metros. Hay que hacer notar que aunque es una situación eminentemente emocional, los soldados saben perfectamente que su vida no corre ningún peligro. Los científicos encontraron cambios significativos que eran una consecuencia de la activación del sistema neural y endocrino. Así, se vio que tanto la hormona cortisol de la corteza suprarrenal, la adrenalina y noradrenalina de la médula suprarrenal, y la hormona del crecimiento segregada por la adenohipófisis se comportaban de manera similar: el primer día de entrenamiento había una espectacular subida de los niveles de estas hormonas si se comparaban con las cantidades existentes antes del primer lanzamiento; progresivamente, con las sucesivas pruebas, iba bajando el nivel de cada una de estas sustancias hasta hacerse prácticamente igual al detectado en el día anterior al primer salto. Bien es cierto que la recuperación de los niveles normales variaba con cada una de ellas.
Hay una hormona, la testosterona producida por los testículos, que tenía un comportamiento diferente: sólo el primer día su concentración en sangre descendía considerablemente, lo que estaba de acuerdo con los resultados obtenidos en animales sometidos a una situación de miedo.

11 de julio de 2008

Emociones de laboratorio

En condiciones de laboratorio podemos someter a los animales a situaciones enormemente estresantes empleando técnicas bastante sencillas: hacer que soporten descargas eléctricas cada poco tiempo, separar a los recién nacidos de sus madres, colocarlos en jaulas tan pequeñas que casi no puedan realizar movimiento alguno, situarlos sobre un pequeño trozo de madera de donde no pueden bajarse porque caerían al agua y se ahogarían, hacer que soporten un ruido continuo, poner en una jaula más animales de los que caben, evitar que duerman, etc. Sin embargo, da la impresión de que en los seres humanos esto no sería posible por falta de voluntarios, aunque si usted vive en una casa sometida a la influencia acústica de fines de semana de “botellón” se podría presentar como adalid de la ciencia para realizar alguna experiencia sobre el estrés.
En cualquier caso, es posible encontrar personas que se dejan someter a situaciones de estrés que, aunque son mucho menos significativas que las que se dan en condiciones naturales, generan alteraciones en el organismo. Uno de estos estímulos consiste en introducir la mano en un recipiente con agua muy fría y pedirle al sufrido voluntario que la sumerja todo el tiempo que sea capaz. Esta situación es muy estresante y fácil de repetir.
Hay situaciones bastante naturales que han sido utilizadas por los investigadores para medir los cambios hormonales durante el estrés. Así, varios estudios indican que viajar habitualmente en tren aumenta la liberación de la adrenalina segregada por la médula suprarrenal y que los niveles sanguíneos de esta hormona guardan relación con la duración del viaje y con el número pasajeros (cuanto más largo o con más viajeros, más adrenalina y más estrés). Asimismo, se ha demostrado que la concentración de esta hormona en un alumno que iba a defender su tesis doctoral aumentaba en sangre unos diez días antes del examen, alcanzaba un máximo el día en el que defendía la tesis y descendía, hasta valores prácticamente normales, dos o tres días después. Por lo que le podríamos dar al nuevo doctor la enhorabuena por su nuevo título y por ¡haber recuperado los niveles normales de adrenalina!

7 de julio de 2008

Olor emocional

Parece que las personas podemos reconocer más de 10.000 olores diferentes y aunque en nuestra especie el sentido del olfato no es vital, en muchos animales la percepción de los olores tiene un enorme interés biológico. La mayor parte de los mamíferos depende del olfato a la hora de detectar la cercanía de un alimento, de un animal que acecha o de una hembra con la que aparearse. Por ello, es muy posible que a los animales a los que les es fundamental percibir olores, puedan reconocer muchas más sustancias químicas volátiles que los humanos.
Las señales olfativas son detectadas por unos receptores que envían la señal hasta la corteza olfativa (donde se produce la percepción del olor) y la amígdala. Esta última —ya lo habrá reconocido el lector—, es la que nos interesa, pues es la responsable de la respuesta emocional a los olores.
La mayor parte de los mamíferos (los cetáceos no) tiene, además, un órgano “especial” que es estimulado por unas señales olfativas “especiales”; es el órgano vomeronasal, estructura que parece que sólo es capaz de detectar las señales de sustancias no volátiles que se encuentran disueltas en la orina y en otros líquidos corporales. Este órgano conecta con la amígdala. Contrariamente a lo que se ha dicho hasta hace poco, los humanos también tenemos un órgano de este tipo.
El órgano vomeronasal es estimulado por unas moléculas químicas que fueron definidas por Karlson y Luscher, en 1959, como feromonas, término que procede del griego pherein (transportar) y hormon (excitar). Son sustancias que al ser liberadas por un animal producen cambios fisiológicos o en la conducta de otro ejemplar de la misma especie. Así, de esta forma, parece que el órgano vomeronasal, con ayuda de la amígdala, es fundamental, en algunos animales, a la hora de la conducta reproductora, pero no existe prueba alguna de que las feromonas tengan que ver con la conducta sexual humana. No obstante, en la literatura científica hay aportaciones muy sugerentes que indican que estas sustancias pueden tener alguna función en nuestra especie. Por ejemplo, se ha señalado que la mayoría de la mujeres tiene un sentido del olfato más preciso cuando ovulan, que dos mujeres que viven juntas tienden a sincronizar su ciclo menstrual, que las mujeres (los hombres también, pero menos) son capaces de adivinar el sexo de una persona por el olor de las axilas, etc.
En el hámster parece que no hay dudas de que las feromonas intervienen en la conducta sexual y en la agresividad. En una colonia de estos roedores, la presencia de un macho ajeno a la misma desencadena una conducta agresiva, por parte de los otros machos, que los hace pelear hasta la muerte. Sin embargo, los animales a los que se lesionó el sistema olfativo no fueron capaces de responder agresivamente ante los intrusos y, si eran frotados con las secreciones vaginales de hembras, sufrían una especie de “transexualismo olfativo” que los convertía en “oscuro objeto de deseo”.
Ya se ha dicho antes que en la especie humana no hay pruebas evidentes de que las feromonas sean fundamentales, pero no es menos cierto que el olfato debe tener cierta importancia en la atracción sexual, a juzgar por el gran número de marcas de agua de colonia que, para uno y otro sexo, se muestran en las campañas publicitarias como un reclamo para dejar estupefacto al otro miembro de la pareja. Sabemos que algunas colonias y perfumes contienen sustancias que proceden de glándulas secretoras del buey almizclero y la civeta africana, secreción que en estos animales depende de la cantidad de testosterona (hormona sexual masculina) circulante.
De la civeta africana se extrae, desde tiempos muy antiguos —se comerciaba con ella en tiempo del rey Salomón—, la algalia. Esta sustancia viscosa, de tonalidad amarilla y de olor muy intenso, se obtiene de una bolsa excretora situada cerca de los órganos sexuales de la civeta, aunque en la actualidad se utiliza la algalia sintética. El almizcle es una sustancia segregada por una glándula cercana al prepucio del buey almizclero.
Así que ya sabe, si se rocía con alguna colonia, a lo peor es sujeto de la atracción de una civeta africana o un buey almizclero. ¡Qué horror!

27 de junio de 2008

El contexto emocional

Desde hace más de 40 años hay pruebas científicas bastante concluyentes de que las emociones dependen, en gran medida, de los cambios que se producen en el funcionamiento del organismo, y del contexto, del ambiente, de la situación en la que se generan esos cambios. Esto supone que las circunstancias en las que nos encontremos, facilitarán o reprimirán nuestra conducta o nuestros sentimientos emocionales.
En efecto, en 1962, Schatcher y Singer realizaron una experiencia bastante espectacular. Deseaban producir alteraciones en la fisiología de distintas personas utilizando la adrenalina —hormona segregada por la médula suprarrenal—, que produce, entre otros efectos, un aumento del ritmo cardíaco y de la presión sanguínea.
Los investigadores informaron a las personas con las que iban a realizar los experimentos, que recibirían una inyección de adrenalina (la hormona segregada por la médula suprarrenal) para investigar los efectos que esa sustancia tenía en la visión. Formaron cuatro grupos de personas: al primero de ellos se le avisó, con veracidad científica exquisita, de los efectos que iba a producir la inyección de la hormona: temblores en las manos, palpitaciones cardíacas, rubor facial, etc.; a un segundo grupo se le notificó un conjunto de consecuencias de la adrenalina bastante extravagantes: les iba a producir, entre otras cosas, dolor de cabeza y picores; al tercer grupo se le informó de que la sustancia que le iban a inyectar no producía resultados de ninguna clase; finalmente, había un cuarto grupo de personas a las que se les inyectó una solución salina diciéndoles que era adrenalina y que no produciría efecto alguno. Había, pues, unas personas perfectamente informadas de la acción de la hormona, otras muy mal informadas —unas porque esperaban unas señales que no se iban a producir y otras porque manifestaban unas sensaciones que no aguardaban— y el grupo de sujetos a los que se les inyectó la solución salina.
Como se “estaban investigando los efectos de la adrenalina sobre la visión”, se informó a los miembros de los distintos grupos que debían estar un tiempo en una habitación para que, de esta manera, la hormona produjera sus efectos. Así las cosas, a los científicos se les ocurrió que, durante la espera, las diferentes personas se iban a enfrentar a dos situaciones emocionales bien distintas: una de euforia y otra de ira.
En la de euforia, una persona compinchada manifestaba su alegría a base de carcajadas y haciendo aviones de papel que lanzaba con profusión en la sala de espera; además, pedía a los “cobayas del experimento” que hicieran lo mismo que él. La situación de irascibilidad era bastante “cruel”: se les pidió que rellenaran un cuestionario donde, entre otras barbaridades, se les preguntaba “con cuantos hombres, además de su padre, habían tenido relaciones extramatrimoniales; a) cuatro y menos, b) de 5 a 9 y c)10 o más”. En esa habitación, otro implicado en la investigación realizaba el cuestionario mostrando señales visibles de enfado: se levantaba, rompía la hoja de preguntas y, finalmente, se marchaba colérico.
Los resultados del experimento eran bastante claros: la menor conducta emocional, fuera de ira o de euforia, la expresaban los individuos que había recibido una buena información de lo que iba a suceder cuando les inyectaron la adrenalina porque, probablemente, ya tenían una correcta explicación de los efectos fisiológicos. Las personas desconocedoras o mal informadas de los efectos de la adrenalina manifestaban una mayor euforia, o ira, porque, posiblemente, se daban perfecta cuenta de lo que ocurría y lo relacionaban con la situación. Todo esto sugiere que el contexto en el que se producen los cambios fisiológicos “ayuda” o “colabora” a interpretar las emociones.

16 de junio de 2008

Emoción literaria estética y emoción literaria científica

No es difícil encontrar en la literatura de expresiones fuertemente emocionales. He escogido tres ejemplos que muestran una clara y magnífica emoción literaria, tres clásicos.
Lope de Vega, que tuvo una vida repleta de emociones, expresa maravillosamente, con un soneto, Varios efectos del amor, efectos que son, sin duda, emocionantes:
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso,
no hallar, fuera del bien, centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso.
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor. Quien lo probó lo sabe.
Fray Luis de León, más tranquilo, quiere vivir, en su Vida retirada, libre de emociones:
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanza, de recelo.
Finalmente, un espíritu atormentado como Espronceda nos dice, en La desesperación, que no teme a los estímulos emocionales desagradables, al contrario, le encantan:
Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas
la tierra iluminar.
Pero la poética emocional puede hacerse aún más científica. En un reciente libro de Hans Magnus Enzensberger titulado Los elixires de la ciencia, el autor glosa nada menos que al sistema límbico, una estructura anatómica que es una de las piezas más significativas de nuestro cerebro emocional. Este autor, empeñado en buscarle una relación a la ciencia y a la poesía, se atreve a versificar algo tan poco conocido por el gran público como esta estructura del sistema nervioso central. Enzensberger escribe sobre él lo siguiente:
Es viejo, es blando,
no se comprende,
no sabe lo que significa limbus,
lo que es un sistema.
Entre las cavidades y el cuerpo calloso
un limbo, diminuto.
Hipocampo, cíngulo, amigdaloide:
una memoria oscura,
que no puede acordarse
de sí misma.
Incontrolable
controla
el miedo, el placer, el crimen y el vicio.
Sus lazos y fibras,
un árbol de cables
en lo hondo del cerebro
intra y extramural.
Corrientes ocultas, incendios sin llamas,
cortocircuitos.
Pequeños defectos
que escalan rápidos.
Un impulso en el mando
y es la venganza.
Una descarga eléctrica
y Amok se desata.
Unos billones de células
en la oscuridad. El género humano
un ovillo diminuto
entre origen y olvido.

1 de junio de 2008

Subjetividad emocional

La biología de las emociones (y muy especialmente de las humanas) tiene muchos matices. Hay científicos que piensan que la emoción es un “estado consciente”, es decir, cuando se percibe una determinada situación, la que sea, se produce necesariamente una toma de conciencia que crea, obligatoriamente, una emoción. Esto supone que los procesos conscientes son necesarios y suficientes para tener una emoción. Sin embargo, hay numerosas formas de comportamiento emocional que no pueden ser explicadas, que son “inconscientes”. ¿No ha tenido algún comportamiento huraño con algún amigo y, no obstante, no estaba enfadado?
Ya sabemos que se puede entender la emoción como una conducta: nos irritamos y nos enfadamos. No obstante, es posible abstenerse de ella y estar sometido a una intensa emoción. Este comportamiento es muy interesante porque nos permite… ganar en una partida de mus, o de póker.
Cuando cogemos un alfiler y pinchamos a alguien estamos seguros que le produciremos algo de dolor, es decir, un estímulo doloroso generará siempre dolor. De manera similar, en un día soleado todos vemos el cielo azul. Sin embargo, los estímulos que provocan emociones están sometidos a otras leyes. Es evidente que las situaciones que nos pueden crear una emoción son, en numerosas ocasiones, enormemente subjetivas: la alegría que expresa un hincha ante el gol de su equipo favorito resulta ser indiferencia en alguien que detesta el fútbol. Además, el grado de individualidad de la emoción es tal que si decimos a dos seguidores del mismo equipo que nos expliquen la emoción que han sentido al contemplar el bello gol que ha metido el delantero centro, es posible que nos lo cuenten de manera muy distinta.
Además, nosotros, con mayor o menor fortuna, tenemos la capacidad de manifestar emociones que no se corresponden con un estado afectivo real, y algunos lo hacen o lo han hecho tan bien que han pasado a la historia y son conocidos por cualquier persona medianamente instruida; sus nombres: María Guerrero, Margarita Xirgu, Isidoro Máiquez, etc. Este hecho ha permitido que otras personas —Shakespeare, Calderón…—, escribieran textos donde se manifestaban emociones que después serían representadas ante un público que también iba a emocionarse.

25 de mayo de 2008

La “emoción sexual”

Los testículos producen unas hormonas que se denominan andrógenos, de los que la testosterona es la hormona más importante. El hipotálamo libera una hormona que se denomina factor liberador de LH (LHRF) que hace que la hipófisis anterior segregue LH, que al llegar a los testículos provocará que una células llamadas de Leydig suelten a la sangre testosterona. Ciertos estímulos que actúan sobre el hipotálamo podrían hacer subir los niveles de testosterona sanguínea (si aumentara la secreción de LHRF) o disminuirla (en el caso contrario).
La testosterona tiene que ver con la función reproductora de los machos de las distintas especies animales, incluidos los varones de nuestra especie: con niveles normales de esta hormona, los hombres mantienen la potencia sexual. Sin embargo, algunos científicos también han puesto de manifiesto lo que me atrevo a llamar “el poder emocional de la actividad sexual”, pues ciertos varones que han sido castrados por razones médicas, paradójicamente, seguían mostrando interés sexual por el otro sexo.
La literatura científica ha informado de unos grupos de varones que, por razones de investigación, habían permanecido, durante varias semanas, aislados en bases militares del Ártico, y poco después de recibir la noticia de que iban a ver volver a la civilización, la barba les había crecido más rápidamente. Dado que el aumento del vello facial está íntimamente relacionado con la concentración de testosterona sanguínea, cabía deducir que la anticipación de la (probable) relación sexual había incrementado los niveles de la hormona. En otros trabajos se ha puesto de manifiesto que el hecho de ver una película erótica hace subir los niveles de testosterona.
La testosterona también guarda alguna relación con otras funciones no estrictamente sexuales. Por ejemplo, los niveles sanguíneos de testosterona son menores en algunos animales estresados, lo que implica que el estrés puede afectar negativamente a la conducta reproductora.