Mientras nuestro cerebro sea un arcano, el Universo, reflejo de su estructura, será también un misterio
(Santiago Ramón y Cajal)


11 de octubre de 2008

Hipotálamo y conducta emocional ( y II)

Al finalizar la década de los sesenta del siglo pasado Revés y Plumn dieron a conocer una historia muy ilustrativa de la importancia de la función hipotalámica y de lo trascendentales que suelen ser los estudios previos en animales (algo que muchos todavía no han comprendido bien) para hacernos una idea del funcionamiento de muchas estructuras cerebrales en individuos de nuestra especie. Esta es la historia.
Una joven comenzó a manifestar a los 19 años un cuadro de signos hasta entonces novedosos para ella: tenía frecuentes dolores de cabeza, le había desaparecido la menstruación, una sed permanente le hacía beber mucho y un hambre desaforada le hizo ganar peso a gran velocidad. Al año de tener estos síntomas fue tratada en un hospital y, el año siguiente, comenzó a expresar una nueva conducta: se volvió una persona agresiva, y muy especialmente si no se le daba de comer con frecuencia (llegó a ingerir hasta 10.000 kilocalorías por día, unas cuatro veces por encima de lo normal). De bibliotecaria amable pasó a ser una mujer poco colaboradora y atenta y, por último, su mente empezó a tener problemas: confusión, pérdida de algunas habilidades matemáticas, etc. Los análisis endocrinos mostraron que se había producido una disminución de los niveles sanguíneos de las hormonas generadas por la corteza suprarrenal, la glándula tiroides y los ovarios.
La razón de este cuadro clínico desolador se encontraba en un tumor ubicado en la base del cerebro y que, desgraciadamente, no podía ser extirpado. Estudios después del fallecimiento, acaecido a los tres años de haberse manifestado la enfermedad, indicaron que la tumoración había afectado a una zona muy importante del hipotálamo (el núcleo ventromedial), cuya destrucción provocaba en los animales de laboratorio alteraciones relacionadas con la ingesta, la conducta agresiva y el sexo, exactamente igual que lo que manifestó la desdichada joven.

4 de octubre de 2008

Hipotálamo y conducta emocional (I)

En la base del tálamo hay un conjunto de estructuras conectadas entre sí, en medio de las cuales se ubica una pieza, difícil de encontrar, que no supone más que el 1% de la masa encefálica, pero que es majestuosamente importante: el hipotálamo (hipo quiere decir debajo de). Todo el conjunto está rodeado por la corteza límbica.
El hipotálamo coordina gran parte de los sistemas que sirven para responder a las señales que proceden del medio interno o externo y esos sistemas son el endocrino, el sistema nervioso autónomo y el somático. Todas las alteraciones del medio interno y los comportamientos fundamentales para la supervivencia son resueltos merced al influjo hipotalámico. Buscar el alimento, la lucha entre machos de la misma especie, la huida ante la amenaza, etc. son conductas coordinadas por esta estructura tan pequeña. En la literatura inglesa se lee que esas conductas son las de las cuatro efes: fighting, (lucha), fleeing (huida), feeding (alimentación) y fucking (no lo voy a traducir porque el lector, que es muy listo, seguro que lo hará por mí con una expresión malsonante sinónima de relación sexual).
Se dice que una persona bien informada es una persona poderosa y que los medios de comunicación son “el cuarto poder” (hay muchos que creemos que ocupan un puesto más alto en el escalafón) y así, quizá, se podría hablar del “poder hipotalámico”, consecuencia de lo mucho que sabe. Y es que el hipotálamo recibe información de lo que está sucediendo en las vísceras, y está al tanto de lo que ocurre fuera (desde la retina le llegan señales visuales) y también recibe información de la corteza cerebral, y de la amígdala, y del hipocampo, y del sistema endocrino y …
Cuando ciertas regiones del hipotálamo son estimuladas, se pueden producir, según la zona de estimulación, fenómenos tan variados como una subida o una bajada de la presión arterial o un aumento o descenso de la frecuencia cardíaca. También, el hipotálamo controla la temperatura corporal y la cantidad de agua del organismo, ya que es responsable de la sensación de sed y es un regulador fundamental del volumen de agua eliminado por la orina. Pero si la estimulación de ciertas áreas hipotalámicas nos hace beber, la de otras nos produce hambre o saciedad. Finalmente, el hipotálamo controla la secreción de la hipófisis que, a su vez, produce unas hormonas indispensables para el correcto funcionamiento del organismo.
Parece claro, entonces, que algunas señales externas, ambientales, pueden llegar a la neocorteza y después a la corteza límbica (emocional) y más tarde al hipotálamo, que hará que el individuo responda con una conducta.

28 de septiembre de 2008

Emociones lateralizadas

Hay una alteración neuropsicológica que es una prueba, más que evidente, de que nuestro cerebro emocional está lateralizado. Hay personas que han tenido la desgracia de sufrir una lesión cerebral importante que ha afectado, en el hemisferio derecho, a las cortezas somatosensoriales (por las que percibimos las sensaciones corporales) y a los grupos de neuronas que conectan estas áreas con las motoras, con la corteza prefrontal, el tálamo y los ganglios basales. Evidentemente, una lesión que implica a las regiones que acabo de indicar supone una parálisis y una insensibilidad completas del lado izquierdo del cuerpo, lo que es, obviamente, muy grave. Sin embargo, el problema principal de estos pacientes no es su hemiplejía. Quizás pienses que se me ha ido la cabeza tras la pantalla del ordenador con el que estoy escribiendo estas líneas, pero no es así. Veamos.
El mayor problema que tienen estas personas es que no son conscientes de su enfermedad, son anosognóticos, porque tienen anosognosia. Esta palabra procede de los términos: a, carencia; nosos, enfermedad; y gnosis, conocimiento. Estos pacientes son extraordinariamente claros a la hora de afirmar que no tienen alteración alguna de la musculatura izquierda y siempre encuentran alguna excusa para explicar su enfermedad. A pesar de lo cual, se reconocen paralíticos cuando se les hace ver que no pueden mover el brazo izquierdo. La anosognosia puede cursar con una reducción de la capacidad de reconocimiento de las emociones faciales y presentar trastornos del estado de ánimo, que, igualmente, desconocen. No es infrecuente que estos enfermos se expresen como personas alegres que, incluso, hagan bromas de humor negro sobre su enfermedad o que estén permanentemente apenados. La anosognosia es una manifestación frecuente de la enfermedad de Alzheimer.
A primera vista pudiera parecer que esto es una consecuencia de su problema físico, dicho de otra forma, cabe pensar que la anosognosia no es más que una alteración que complementa su parálisis. De hecho, hay ocasiones perfectamente descritas en la literatura científica en las que este problema ha sido considerado como un síntoma delirante. No obstante, nada más lejos de la realidad.
En efecto, los pacientes con la misma lesión cerebral pero en el hemisferio izquierdo, que es más grave, si cabe, porque tienen alterada la producción del habla, estos pacientes, repito, no desconocen su enfermedad, son conscientes de ella.
Las personas con anosognosia son incapaces de tomar decisiones, de planificar actos, son emocionalmente indiferentes: las noticias sobre su situación no son recibidas con miedo, tristeza, pena, angustia..., a pesar de que estas hemiparálisis suelen conllevar unos problemas de salud importantes a corto y medio plazo. Esta enfermedad suele ser consecuencia de un ataque de apoplejía (un trastorno cerebro-vascular como la hemorragia cerebral o la reducción del aporte sanguíneo al cerebro) o de un tumor cerebral.
Y es que no darse cuenta de su enfermedad es la mejor manera de agravarla, en la medida de que estas personas no van a colaborar con el personal sanitario porque “no hay ninguna razón para ello”.

21 de septiembre de 2008

Emoción y decisión

¿Para qué sirven los lóbulos prefrontales? Aunque los conocimientos científicos actuales no nos permiten afirmar con claridad cuál es la función de este territorio cerebral, parece que está implicado en la elección de alguna de las conductas apropiadas a una determinada situación, en mantener las funciones mentales orientadas hacia la consecución de objetivos, en la elaboración del pensamiento y, finalmente, interviene en la emoción.
El perfil emocional de las personas con lesiones en el lóbulo frontal se expresa con alteraciones que los convierten en seres apáticos permanentemente, aunque eventualmente presentan unos episodios de euforia, de irracionalidad y de inmodestia; sus emociones son muy ligeras, las convenciones sociales de estos pacientes se transforman en actividades impulsivas, a veces poseen una exagerada actividad sexual, y, por último, presentan una despreocupación por lo futuro y lo pretérito.
Las personas con lesiones en los lóbulos frontales no son capaces de almacenar la información en la memoria de la misma manera que lo hacen las personas normales. Muchos psiquiatras hacen a la corteza prefrontal responsable de numerosas alteraciones neurológicas y conductuales, como la esquizofrenia. De hecho, los esquizofrénicos tienen, en esa parte del cerebro, un flujo sanguíneo inferior al normal.
La corteza prefrontal es un área cognitiva y emocional que interviene en la interpretación de las señales que proceden de los órganos de los sentidos y tiene una importancia fundamental a la hora de valorar los estímulos emocionales. Harry T. Chugani, científico de la Universidad de California, demostró, al iniciarse la década de los 90, que los bebés entre los 7 meses y el año de edad aumentan la actividad de la corteza prefrontal, algo muy interesante porque guarda una estrecha relación con la época en la que los niños comienzan a tener miedo ante los extraños y en la que regulan su nivel de miedo interpretando las expresiones faciales de los demás. ¿Nunca le ha hecho pucheritos a un niño de alrededor de un año, para ver cómo reaccionaba?

15 de septiembre de 2008

Lóbulos frontales y emoción

En 1935, Jacobsen, Wolf y Jackson, de la Universidad de Yale, publicaron un importantísimo artículo sobre unos experimentos realizados en chimpancés. En ellos demostraron que cuando dificultaban a los monos la realización de una determinada tarea (previamente aprendida), mostraban un comportamiento violento. Pero si se repetían los experimentos, después de que el chimpancé hubiera pasado por el quirófano para extirparle los lóbulos frontales, su forma de ser se transformaba tajantemente y se convertía en un tranquilo y paciente animal.
El año siguiente Brickner, un neurólogo de la Universidad de Columbia, informó de que a un paciente —a un solo paciente, repito—, con un tumor cerebral, se le habían extirpado buena parte de los dos lóbulos frontales y parecía que no presentaba ninguna alteración intelectual porque, entre otras cosas, jugaba bastante bien a las damas. Sin embargo, este enfermo, que había sido un excelente corredor de bolsa en Nueva York, se volvió desconsiderado, ofensivo y fanfarrón para con sus familiares y amigos y, además, nunca retornó al parqué neoyorquino porque siempre estuvo haciendo planes de cómo iba a ser su vuelta al trabajo… pero nunca los puso en práctica.
Con estos escasos datos científicos, (observados en un chimpancé y en un hombre), en 1936, el neuropsiquiatra portugués Egas Moniz convenció al neurocirujano Almeida Lima para que aplicara a varios enfermos psiquiátricos una técnica quirúrgica de su invención, la leucotomía prefrontal: cortaba las conexiones nerviosas entre los lóbulos prefrontales y el resto de la masa cerebral. El resultado de esta operación producía amplias secciones de los lóbulos prefrontales, pero los pacientes con alteraciones esquizofrénicas y obsesivo-compulsivas quedaban intactos en muchas de sus facultades intelectuales. No obstante, el carácter de estas personas se trastocó y se convirtieron en personas bastante tranquilas, menos creativas y poco emocionales.
El caso es que durante mucho tiempo se utilizó esta técnica y una variante suya conocida como lobotomía prefrontal (diseñada en Italia y difundida por Walter Freeman en Estados Unidos al finalizar la década de los cuarenta) fue muy popular para eliminar, o reducir, los síntomas de las emociones desagradables. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos años para que la comunidad científica percibiera que las personas así tratadas — sólo en los Estados Unidos habían sido lobotomizadas más de 40.000 personas— mostraban un anómalo comportamiento porque ¡desaparecían todas las reacciones emocionales! (las patológicas y las normales). La mayoría de las miles de personas a las que se realizó este tratamiento quirúrgico manifestaba signos alejados de la normalidad: incontinencia urinaria, epilepsia, insensibilidad emocional, amoralidad…
Una técnica quirúrgica con tan poco fundamento científico tuvo un doble colofón: en 1949 Moniz recibió el premio Nobel de Fisiología y Medicina por haber diseñado este procedimiento y, más tarde, uno de sus enfermos le disparó y la bala le dejó paralítico de cintura para abajo.

8 de septiembre de 2008

El caso de Phineas Gage (y II)

Veinte años después del accidente de Phineas Gage, Harlow publicaba en la revista de la Sociedad Médica de Massachussets un artículo sobre la evolución de Gage: se había recuperado físicamente, andaba perfectamente, movía sus brazos con precisión, no presentaba alteraciones aparentes del lenguaje, ni del habla, veía perfectamente con su ojo derecho (el izquierdo lo destruyó el accidente) pero… se convirtió en un ser “irregular, irreverente, cayendo a veces en las mayores blasfemias, lo que anteriormente no era su costumbre, no manifestando la mayor deferencia para sus compañeros, impaciente por las restricciones o los consejos cuando entran en conflicto con sus deseos, a veces obstinado de manera pertinaz, pero caprichoso y vacilante, imaginando muchos planes de acción futura, que son abandonados antes de ser preparados”. Phineas tuvo, en efecto, un importante cambio en su forma de ser. Las últimas palabras del informe médico decían: “su mente cambió radicalmente hasta tal punto, que sus amigos y conocidos decían que ya no era Gage”.
Estas mutaciones de su conducta hicieron que sus ocupaciones fueran eventuales: estuvo en granjas equinas, fue la principal atracción del Museo Barnum, en Nueva York, donde enseñaba orgulloso las heridas que le produjo el accidente y, finalmente, en 1852 era el conductor de la diligencia que hacía el recorrido entre Valparaíso y Santiago de Chile. Volvió a su país y fijó la residencia en San Francisco, donde vivían su madre y hermana. En 1860 falleció víctima —según el científico actual Antonio Damasio— de status epiléptico, es decir, de un síndrome en el que se producen convulsiones de forma continua que acaban en la muerte.
Poco antes de finalizar el siglo, el cadáver de Gage fue exhumado y su cráneo, y la maldita barra de hierro, terminaron en el Museo Médico Warren de la Facultad de Medicina de Harvard, en Boston.
A finales del siglo XIX, el frenólogo (recuerde lo que hemos dicho de la frenología en el capítulo primero) Nelson Sizer se interesó por lo que le había sucedido a Gage y concluyó que la barra de hierro había "pasado cerca de la Benevolencia y la parte frontal de la Veneración”; y es que no podía ser de otra manera ya que “su órgano de la Veneración parecía haber sido lesionado, y la blasfemia era el resultado probable”.
Sin embargo, el tiempo no hizo olvidar a Phineas. Recientemente, en 1994, un grupo de investigadores encabezados por Hanna Damasio publicó en la revista Science, un artículo con un epígrafe realmente cinematográfico: “El retorno de Phineas Gage: el cráneo del famoso paciente proporciona pistas acerca del cerebro”. Con la calavera de Phineas realizaron una “reconstrucción” del cerebro y demostraron que la lesión no afectó a las áreas cerebrales motoras ni del lenguaje, y que interesó más al hemisferio cerebral izquierdo que al derecho. Además, expusieron que fue más afectada la zona frontal anterior que la posterior, ya que las cortezas prefontales ventrales fueron destruidas y, sin embargo, se mantuvieron intactas las cortezas prefrontales externas, esto es, las que hoy día sabemos que participan activamente, entre otras cosas, en la capacidad para realizar cálculos y en el mantenimiento de la atención. Por eso se podía afirmar que la lesión de la corteza prefrontal fue la que alteró sus facultades para tomar decisiones, planificar el futuro y someterse a las reglas de la sociedad de su tiempo.

1 de septiembre de 2008

El caso de Phineas Gage (I)

La neurobiología ha hecho famosas a personas que han tenido la desgracia de sufrir una lesión que, posteriormente, ha sido estudiada con gran meticulosidad por numerosos científicos de todas las épocas. Voy a dedicar unas líneas a Phineas Gage, que ha pasado a la historia por ser el primer caso, descrito científicamente, de una persona con alteraciones emocionales importantes como consecuencia de una lesión en la corteza orbitofrontal.
En 1848, Phineas Gage es un hombre de 25 años, eficiente y capaz, que trabaja como capataz de una cuadrilla empleada en la construcción del ferrocarril entre Rutland y Burlington en el estado de Vermont (Nueva Inglaterra). Es uno de los encargados de eliminar los obstáculos del terreno: perfora la roca, rellena de pólvora (hasta la mitad) el hueco, pone la mecha y cubre todo con arena. Después, todo se comprime con una baqueta, se enciende la mecha y la explosión destroza la roca. Pero el 11 de septiembre de 1848, Phineas se despista y antes de que uno de los hombres bajo su mando hubiera introducido la arena, baquetea con su barra de hierro y este descuido provoca una explosión que hace que la barra de 5,5 Kg, 135 cm de longitud, 2,5 cm de diámetro y un extremo puntiagudo…salga disparada hacia su cabeza: penetra por la mejilla izquierda y sale por el lado izquierdo de su frente produciendo una lesión extensa de la corteza prefrontal. La barra llega hasta unos 30 metros con la huella sanguinolenta del suceso. Según los trabajadores que lo acompañaban ese día, la barra vuela unos 20 metros y cae a tierra, cubierta de sangre y porciones de cerebro.
Los testigos del desgraciado accidente comprueban estupefactos que Phineas no ha muerto, ven como convulsionan sus brazos y sus piernas y que ¡a los pocos minutos! les balbucea algunas palabras. Sus compañeros lo llevan en una carreta de bueyes hasta un hotel que se localiza a unos mil metros del accidente y comprueban, con asombro, que Gage baja de la carreta por su propio pie. Allí es tratado por dos médicos: Harlow primero y Williams después, que describió la situación de la siguiente manera:
“Me di cuenta de la herida en la cabeza antes de descender de mi carruaje, al ser muy evidentes las pulsaciones del cerebro; también había un aspecto que, antes de examinar la cabeza, no podía explicar: la parte superior de la cabeza parecía algo así como un embudo invertido (…) El señor Gage, durante el tiempo en que estuve examinando esta herida, estuvo relatando a los espectadores la manera en que resultó herido; hablaba tan racionalmente y estaba tan dispuesto a responder a las preguntas, que le dirigí a él las preguntas de preferencia a los hombres que estaban con él en el momento del accidente, y que en aquel momento se encontraban alrededor. El señor Gage me relató entonces alguna de las circunstancias, como desde entonces ha hecho; y puedo afirmar cabalmente que ni en aquel momento ni en ninguna de las ocasiones subsiguientes, excepto una, lo consideré yo otra cosa que perfectamente normal”.

25 de agosto de 2008

Emociones que hacen enfermar

El estrés prolongado puede alterar el funcionamiento normal del nuestro sistema inmunológico, es decir, del sistema que hace que nuestro cuerpo sea capaz de defenderse del ataque de agentes extraños: virus, bacterias, protozoos, etc.
Los glóbulos blancos o leucocitos son las células sanguíneas que tienen una importancia fundamental en la defensa del organismo contra las infecciones. Entre los distintos tipos de leucocitos, nos vamos a fijar en dos de ellos, los linfocitos T y los linfocitos B. Los primeros son responsables de la inmunidad celular: reconocen como extraños los microorganismos que han penetrado en el cuerpo y los matan; por su parte, los linfocitos B están comprometidos con la producción de anticuerpos que anularán el efecto nocivo de los microorganismos invasores. Por último, hay que recordar que el sistema inmune está disperso por todo el organismo y está formado por los llamados órganos linfoides primarios (timo y médula ósea), lugares donde se forman todas las células inmunitarias; cuando éstas han completado su proceso de formación, se dirigen a la sangre y a los órganos linfoides secundarios (bazo, ganglios linfáticos y otros).
Desde hace mucho tiempo sabemos que hay una relación entre los sistema nervioso e inmune. Así, cuando se lesionan varias regiones del hipocampo, hipotálamo y amígdala se produce una significativa variación en algunas de las células del sistema inmune.
Hay numerosos estudios que han puesto de manifiesto que las personas sometidas a situaciones de estrés prolongado tienen un sistema inmunológico menos eficaz. Así, Kiecold-Glaser y otros (1995) publicaron un trabajo en el que exponían la relación entre el estrés y la inmunidad. Hicieron heridas en el antebrazo a dos grupos personas que tenían la misma edad y que solo se diferenciaban en que habían soportado diferente carga emocional. Un grupo se había ocupado, durante la etapa precedente al experimento, del cuidado de algún familiar enfermo de Alzheimer, actividad estresante donde las haya; el otro era de sujetos sin estrés (al menos aparente). Los resultados fueron espectaculares: mientras las heridas del grupo control tardaban curarse alrededor de 40 días, el grupo de personas estresadas tardó en curar un promedio de 10 días más.
Cabe preguntarse, ¿cómo sabe nuestro sistema inmunitario que estamos estresados? Hay un camino enrevesado en el que se puede ver la relación nerviosa e inmunitaria. En efecto. Sabemos que las situaciones emocionales pueden afectar al hipotálamo que liberará hormonas (los llamados factores u hormonas de liberación) y producir un aumento sanguíneo de otras producidas por la adenohipófisis como la ACTH, la de crecimiento, la prolactina, etc. Pues bien, muchas de las células del sistema inmune poseen moléculas receptoras de esas hormonas y el acoplamiento hormona-receptor pueden alterar, positiva o negativamente, el funcionamiento inmunitario de esa célula. Concretemos algo más.
No hay duda de que en una situación de estrés se produce una mayor actividad de las glándulas suprarrenales que tiene como consecuencia un aumento del cortisol, adrenalina, etc. y es muy probable que estas hormonas influyan negativamente en la actividad inmunitaria y en las células más importantes de esa actividad. Los linfocitos T y B tienen moléculas en su superficie, unos receptores, donde encajarían las hormonas antes dichas y, consecuentemente, alterarían su función.
La testosterona es una hormona que tiene un efecto negativo sobre el sistema inmunitario, lo que está en relación con el hecho de que en muchas especies de mamíferos los machos sufren más enfermedades infecciosas que las hembras. Lo cual quiere decir que la morfología espectacular que, debido a la testosterona, tiene los machos de muchas especies animales, se ve compensada, negativamente, con una mayor probabilidad de sufrir ciertas enfermedades.

13 de agosto de 2008

Úlcera, emociones y Helicobacter

Muchos de nosotros hemos relacionado las situaciones de “nervios” con las alteraciones estomacales e intestinales. A más de uno he oído decir, con una frase bastante expresiva, que “los nervios se le han agarrado al estómago”. Es difícil no aceptar que las situaciones de estrés prolongado pueden ser responsables de un cuadro de úlcera estomacal. Selye, en su libro sobre El estrés de la vida (1976), escribe unos párrafos muy sugerentes:
“Durante la segunda guerra mundial se produjeron verdaderas epidemias de ‘úlceras por ataque aéreo’ en la población de ciudades muy bombardeadas de la Gran Bretaña.
Inmediatamente después de un bombardeo intenso, se presentaba al hospital una cantidad inusitada de personas con úlceras duodenales o gástricas sangrantes que habían aparecido de un día para otro, por así decirlo. Muchas de las personas afectadas no habían sufrido lesiones físicas en el ataque aéreo pero, por supuesto, sufrían intenso estrés por extrema excitación emocional”.
Esta relación entre el estrés y la úlcera de estómago parecía científicamente demostrada, pero se empezó a poner en tela de juicio a raíz del descubrimiento de que esa lesión gástrica era producida por una bacteria que tenían en su estómago las tres cuartas partes de los ulcerosos: se llama Helicobacter pylori.
Había poco que discutir: ni nervios, ni nada, una simple bacteria que si se le ocurre vivir en la pared del estómago puede agujereárnosla. Sin embargo, cuando se realizó un estudio de personas sanas se descubrió que el mismo porcentaje ¡tenía de inquilina a la dichosa bacteria! Por tanto, ¿cabía atribuir a la bacteria la responsabilidad única de la úlcera gástrica?
Lo seguro es que las personas con úlcera estomacal mejoraron al ser tratadas con antibióticos que destruían la bacteria pero… también mejoraban los pacientes que fueron tratados con el fin de mejorar sus situaciones estresantes. Además, en 1992, Henke había publicado un trabajo en el que relacionaba la patología estomacal y algunas regiones cerebrales; así, cuando se estimulan eléctricamente algunas zonas de la amígdala (esa porción encefálica tan implicada en las emociones), se producen dos fenómenos fisiológicos fundamentales para el desarrollo de la úlcera de estómago: por un lado, aumenta la secreción de ácido clorhídrico por parte de las glándulas gástricas, por otro, disminuye el flujo sanguíneo a las paredes de esa víscera.
Por todo lo anterior creo que, sin descartar otras razones, los agentes estresantes juegan un papel fundamental en la etiología de la úlcera gástrica.

7 de agosto de 2008

Gregorio Marañón y las emociones

Hubo un científico español que fue un investigador pionero a la hora de relacionar las hormonas con las emociones: Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960). Es muy frecuente leer, en la literatura científica anglosajona, en la que se habla de las emociones y la adrenalina, el nombre de un español, sin ñ, el doctor Maranón.
En 1911, este médico e historiador madrileño defendió su tesis doctoral con un estudio sobre “La sangre en los estados tiroideos” y en 1919 publicó uno de sus libros más importantes, una de las obras fundamentales de la literatura médica española del siglo XX y uno de los textos más queridos por su autor: La edad crítica. Estudio biológico y clínico. En él estudia el climaterio desde aspectos muy variados y novedosos para la época: endocrinos, médicos, psicológicos, etc.
Sus estudios endocrinos los relaciona con los psicológicos y de esta fusión surge una gran cantidad de publicaciones en las que explica la relación entre adrenalina y emoción. Se trata de artículos en revistas internacionales y nacionales, ponencias en congresos fuera de nuestro país, conferencias en centros universitarios, etc. Estos trabajos de Marañón se incorporaron, en buena medida, a la teoría de Cannon sobre la emoción. Durante los años 20, este importante fisiólogo de la Universidad de Harvard y el médico español mantuvieron correspondencia científica.
En su discurso de recepción, de 1922, en la Academia de Medicina, Gregorio Marañón habló de los Problemas actuales de la doctrina de las secreciones internas. De él entresaco las siguientes palabras en las que la prosa fluida del madrileño explica claramente los resultados fisiológicos desencadenados por la inyección de adrenalina, y la perfecta separación entre la percepción de la emoción y los cambios corporales después de la inyección de la hormona:
“Cuando inyectamos a un sujeto cualquiera una dosis suficiente de adrenalina —una dosis siempre pequeña, inferior, generalmente, a un miligramo—. se producen en su organismo modificaciones de la esfera vegetativa que exactamente reproducen la casi totalidad del síndrome emocional; apenas absorbida la droga, el corazón empieza a latir con violencia, el pulso se acelera, se produce en torno al punto inyectado una mancha, a veces muy extensa, de carne de gallina; la cara palidece, sobreviene una sensación de angustia torácica, a veces las lágrimas escapan involuntariamente de los párpados, y, aparte de todos estos datos, se puede registrar un aumento de la tensión arterial y una movilización de los hidratos de carbono idénticos a los que se producen durante la emoción espontánea. Es muy frecuente que el sujeto inyectado compare, por cuenta propia, esta fenomenología con la de una emoción violenta, como el terror, pero dándose a la vez perfecta cuenta de que la emoción no existe; y así aparecen perfectamente disociados el elemento psíquico y el elemento vegetativo del proceso emocional”.